Teclas blancas y negras en La Habana

Por Viviana Reina – Revista Opus Habana.

Teclas blancas y negras. Dedos, manos y corazón que se entregan sin dudar con cada nueva nota que emite el instrumento. Ya no está en la tranquilidad de un estudio; cientos de personas lo observan. Ahora no deben existir fallas. Además del regio público que lo escucha, su maestro con firme mirada y oído —aún más agudo por los años— sigue cada elección que el pianista realiza en su interpretación. Los dedos de Alexandre Moutouzkine se pasean en busca del siguiente sonido. Apresa el tiempo, y con él a cada persona, rescatando del pasado la obra del compositor austro-húngaro Franz Liszt.

alexandre1Es el Concierto para piano No. 2 en la mayor, S. 125, causante de que el Teatro Martí esté impregnado de una atmósfera decimonónica. Escrita como un único y extenso movimiento, esta obra está dividida en seis secciones (Adagio sostenuto assai, Allegro agitato assai, Allegro moderato, Allegro deciso, Marziale un poco meno allegro, Allegro animato) conectadas por transformaciones de distintos temas —técnica que desarrolló Liszt. Momento en que el pianista ruso asume el reto de dialogar con una partitura donde una o dos melodías básicas son derivadas hacia disímiles temas. Acunados en los brazos del siglo XIX, se suman a la propuesta cuerdas y vientos; todos integrantes de la Orquesta Sinfónica Nacional de Cuba, bajo la dirección del maestro Enrique Pérez Mesa.

Unos se levantan. Otros conversan. Ha concluido la primera parte del programa. Impresionados por la interpretación, algunos buscan en las páginas datos sobre el intérprete. En la número cincuenta y cuatro, reconocen su foto. Debajo unas líneas afirman que concluyó sus estudios con el maestro Salomón Gadles Mikowsky en Manhattan School of Music; además ha sido galardonado en disímiles concursos internacionales, tales como el Rubinstein de Tel Aviv, el Nambourg de Nueva York, el de Cleveland, el de Montreal, el María Canals de Barcelona, el Pilar Bayona de Zaragoza, el Tívoli de Copenhague, y el Ignacio Cervantes de Cuba, por solo citar algunos ejemplos.

Tras instantes de utópico silencio, vuelve a escena la Orquesta, y con ella Alexandre Moutouzkine. Ahora ocupa el pensamiento de músicos y público, el Concierto para piano No. 1 en mi bemol mayor, R. 455. Terminado en 1849, seis años más tarde Liszt lo estrena como solista y se convierte en una de las obras más brillantes y populares compuestas por él. Este concerto symphonique —como lo denominó Franz Liszt en la partitura manuscrita— parece entrelazar cada uno de los instrumentos que tras sí, luchan por encontrar la sonoridad sublime de una figura trascendental para la música universal.

Confieso que durante esta velada perdí la noción del tiempo. Con ella escapó la necesidad, que por lo general siento, de buscar esa teatralidad intrínseca en el escenario. Dejé de mirar adelante. Para complementar el disfrute auditivo, busqué los detalles que hacen del teatro que nos acogía un lugar memorable de nuestra identidad. Columnas, rosetones, sillas, la bella lámpara… y sobre todo las personas que estaban allí. Al igual que yo, ellas disfrutaban de las caídas o subidas intermitentes y de la gravedad o agudeza del sonido con que Liszt, en las manos virtuosas de Moutouzkine, nos condujo —durante casi dos horas— a través de sensaciones indescriptibles.

Aplausos estremecieron las paredes del Teatro Martí. Concluía la gala inaugural de IV Encuentro de Jóvenes Pianistas, pero no sin antes regresar el pianista a interpretarnos dos encores: Gavotte del compositor alemán Johann Sebastian Bach con transcripción de Serguéi Rachmaninov; y Pan con timba del cubano Aldo López-Gavilán. Una vez más, la atmósfera sucumbió ante el halago.

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